Por Néstor Leone
La caída de los títulos en la Bolsa, la baja en la nota de solvencia de las calificadoras de riesgo y ciertos pronósticos agoreros generaron zozobras en la economía argentina. ¿Cuán sólida aparece hoy, luego de un semestre complicado?
En estos análisis hay que separar siempre dos niveles: el sector real de la economía, que no por nada se llama real, y lo que algunos dicen que pasa en el sector financiero. Y, mal que les pese a muchos, el sector real sigue funcionando bien según todos los indicadores conocidos. Seguramente, no estamos en la aceleración de 2003-2004, pero seguimos creciendo, se sigue creando empleo y han aparecido otros indicadores que son significativos. Por ejemplo, las exportaciones típicamente industriales están creciendo a un ritmo del 20 por ciento. Y estamos llegando a 20 mil millones de dólares de exportaciones industriales puras. Este crecimiento es importantísimo, porque diversifica las exportaciones y demuestra que no todo es soja en este país, aunque se hable más de la soja que de la industria. Además, marca una tendencia a un cambio estructural.
Sin embargo, por estos días se fomenta un “clima de inminencia” y se habla de la supuesta necesidad de realizar cambios profundos.
Eso es casi inevitable, teniendo en cuenta de quiénes vienen esos reclamos. Con el río revuelto reaparecieron las viudas de la Convertibilidad, que no pueden concebir que esta economía funcione y bien. Creen que el único modelo posible es el que aplicaron en los noventa. Entonces, dicen: “Si esto sigue así se va a acabar el superávit fiscal”. Y ponen lo que es una hipótesis remota, en un hecho inminente. Lo mismo dicen del superávit comercial. Hacen predicciones apocalípticas sobre datos falsos. Y como conclusión sacan que hay que hacer lo que ellos quieren que se haga, todo lo contrario a lo conveniente si lo que se pretende es tener un país desarrollado y sin excluidos. Acá hay un debate entre dos modelos: un modelo productivo, que requiere un tipo de cambio competitivo y apoyo para los sectores productivos; y un modelo monetarista, que pretende vender materias primas y abrir el mercado a la importación de todo. El problema es que ninguno de los dos modelos fue explicitado, y menos explicado a la sociedad. La gente percibe sensaciones, pero no comprende la sustancia del debate.
Por lo que se ha visto en los meses anteriores, la última posición ha ganado terreno.
Es cierto, el hecho de que el Gobierno haya tenido que retroceder nominalmente el tipo de cambio es un retroceso, y plantea una serie de alarmas a todos aquellos que defendemos el modelo productivo. El tipo de cambio se estaba retrasando porque había inflación; ahora se atrasó nominalmente, que es lo que está pidiendo la derecha desde hace años. Volver a devaluar implica generar una corrida sobre el dólar y no devaluar implica un tipo de cambio más atrasado que antes. Significa un retroceso, pero nada que no pueda revertirse.
Y, más allá de esto, ¿considera que existen intentos concretos de desestabilización económica?
Hay gente que opina y actúa de una manera tal que genera procesos de desestabilización, más allá de sus intenciones. Esta semana, el Gobierno se dedicó a comprar bonos de la deuda externa y los precios mejoraron. Pero La Nación publicó en tapa que los precios mejoraron porque los operadores creían que el Gobierno iba a intervenir el Indec. Confundieron un hecho objetivo con una opinión subjetiva. A lo mejor lo creen en serio, pero mientras tanto convirtieron un dato económico en una opinión política y en una presión social. Lo mismo con el IVA. Cuando subió la recaudación en un 35 por ciento anual, los comentaristas de la derecha decían que esto marcaba que había inflación. Ahora que el IVA creció sólo el 20, dicen que cayó la actividad económica. Ni se les ocurre pensar en otra posibilidad. El argumento es el que ellos quieren, no el que surge del dato. Están explicando siempre lo que ellos suponen que pasa, pero no lo que pasa en realidad.
¿Qué posibilidades de éxito tienen estas posiciones?
Creo que si la inflación no se acelera y el Gobierno logra mantener las variables controladas, la gente va a volver a respaldar estas políticas y el discurso desestabilizador no va a tener dónde hacer pie. Si la inflación no se asume y se acumulan los desaciertos, ese discurso va a tener mayor campo para operar.
El tema Moreno, en ese sentido, es un capítulo aparte. Más allá de que sea utilizado como chivo expiatorio y que detrás de la presión de ciertos sectores esté el lobby de los tenedores de bonos, descontentos porque el Indec les retacea dividendos, su permanencia parece hacerle mucho daño al Gobierno, como ya coinciden propios y extraños. ¿Lo ve así?
Acá hay dos cosas diferentes. Un tema es el Indec, que es inadmisible, porque debemos tener estadísticas confiables y porque no se puede analizar la coyuntura si no se tienen datos razonables. El otro es Moreno en sí mismo, que además de intervenir en el Indec es el secretario de Comercio, y ahí mis sentimientos están mezclados. Cualquier persona que negocie precios con los empresarios va a ser odiado. Y Moreno es odiado, más allá de que lo haga mal o bien, porque negocia precios. Yo creo que lo hace mal, que ha cometido errores importantes, pero estoy seguro de que cualquier secretario de Comercio idóneo que ocupe ese cargo, en este contexto, va a ser mal visto.
¿Cómo se recupera esa credibilidad perdida del Indec?
Tirar por la borda la confianza es fácil; recobrarla siempre es más difícil. Y el Gobierno no debe subestimar esto. Tiene que poner al Indec al servicio de una información veraz. Debe cambiar su conducción y colocar en su reemplazo una gestión que sea muy transparente y reconocida. Tal vez sea conveniente un triunvirato de estadísticos de diferentes posiciones políticas, o quizás deba funcionar supervisado por el Congreso, no lo sé. Pero hay que hacer algo que garantice que la información que brinda sea precisa y correcta.
Lo de Moreno, además, puede ser negativo en los términos del debate que usted antes mencionaba. Si lo que fracasa es su modalidad de establecer controles de precios, no tardarán en decir que lo que falló es la concepción de la economía que subyace en esa modalidad.
Correcto, y es un peligro que así sea leído, porque se puede venir abajo todo un edificio de cosas bien hechas. Pero esto no está separado de la discusión de por qué tenemos inflación en la Argentina, cuestión a la que también deberíamos dedicarle su espacio para discutir. Teóricamente, y en términos históricos, la inflación se acelera cuando hay emisión monetaria o cuando hay déficit fiscal. Nada de eso ocurre hoy en Argentina. El país tiene superávit fiscal y comercial, y la emisión está controlada. Ni tampoco existen desequilibrios que puedan generar procesos inflacionarios, como ocurrió tradicionalmente cuando había déficit fiscal.
¿Entonces?
Hay una inflación importada por el aumento de las materias primas, los alimentos, los commodities, como ocurre en todo el mundo. Ocurre en España y ocurre aquí. Chile, el año pasado, tenía tres por ciento de inflación; ahora la canasta básica está cerca del 15. Por eso digo que no es un mal exclusivo de nosotros; lo importante es cómo se le hace frente. Pero si hubiésemos mantenido la Convertibilidad o un esquema parecido, como añoran muchos, con estos precios internacionales, la inflación estaría muy por encima de cualquier especulación sobre dónde se ubica hoy.
Ciertos sectores, para explicar la inflación actual, hablan de “exceso de gasto público”, o de que la demanda agregada crece por encima de la inversión.
Eso forma parte del odio de esos sectores al Estado. Odian al Estado, de manera casi irracional. En un país donde no tenemos rutas, donde las obras públicas cayeron en el olvido, donde los funcionarios públicos cobrar sueldos bajos, me parece un despropósito. ¿Es irracional aumentar los haberes a los jubilados? ¿Qué quiere decir que aumenta el gasto público? Detrás de esos argumentos hay una serie de falacias mal intencionadas.
Si la inflación es importada, y teniendo en cuenta lo que pasó con las retenciones móviles, ¿cuál debe ser la política del Gobierno de aquí en más?
Las retenciones móviles pretendían seguir el movimiento del precio de la soja. Como bajó el precio, con esa modalidad tendríamos una situación parecida a la que tenemos hoy con las retenciones fijas, y no se ha perdido nada en términos de ingresos esperados del sector público. Se ha perdido, sí, en términos políticos, que es lo que más debe lamentarse. Si volviesen a subir darían lugar a un debate necesario, pero hoy no es así. Estamos en un momento excelente para luchar contra las expectativas inflacionarias y mantener la inflación en un escalón manejable y con tendencia a la baja. Ahora, para que se haga eso, hacen falta dos cosas: tener un dato creíble y confiable de inflación y, a partir de ahí, una política heterodoxa que ponga foco en la producción.