Historia de Cronopios y de Famas se abre con un “manual de instrucciones” que enseña, entre otras actividades, cómo subir una escalera, cómo matar hormigas o cómo darle cuerda al reloj -texto éste último que, sin perder su atractivo, ya no ejerce la menor utilidad. Pero nada se dice en ese libro luminoso acerca de cómo debe leerse un volumen que recoge la correspondencia entre dos amigos a lo largo de casi cuarenta años. Claro, Cortázar no podía imaginarse que su propia fama -de la que descreyó tanto- llevaría a que todo aquello que salió de su pluma iba a cumplir un destino de edición. Por lo tanto, nos encontramos sin instrucciones de cómo movernos entre las casi doscientas cartas enviadas por Cortázar a su amigo, el hoy ignoto Eduardo Jonquières, pintor y poeta según queda claro en los comentarios que le hace llegar por correo el autor de Rayuela. El intercambio -del que sólo conocemos la zona cortazariana- se mantuvo con bastante regularidad entre febrero de 1950 y febrero de 1983, fechadas respectivamente, si es que esto significa algo, en Siena y Managua. Lo único que encontramos en las más de quinientas páginas del libro es una preceptiva, que suena a excusa por la pereza corresponsal: “Al fin y al cabo, una carta es una operación amistosa, y si se limita a seguir más o menos fielmente un itinerario de viaje o un boletín de buena salud, poco vale”. Uno de los caminos posibles es dejarse llevar por la comprobación de ciertas insalvables diferencias entre aquel mundo y el nuestro y comprobar, por ejemplo, que no es lo mismo un mail que una carta. Parece casi milagroso que alguien, aun con el talento escriturario de Cortázar, pueda escribir páginas y páginas, sin plan y de corrido, sin necesidad de corregir una sola palabra. Actualmente, lo que se escribe en un mail se hace y se rehace, es un texto que se edita antes de enviarlo. ¿Será diferente la relación con la lengua entre un corresponsal de cartas y uno electrónico? Aunque Cortázar ponga de manifiesto estos desplazamientos, la lectura de estas cartas permite otros recortes. Sorprende la persistencia y el importante espacio dedicado a sus problemas económicos, incluso después de su consagración. Recién en una carta de marzo de 1968 puede leerse, hasta con alivio: “ya estoy tranquilo en materias económicas”. Una insistencia que lleva a una pregunta casi cortazariana: ¿cuánto tiempo y cuánto capital necesita alguien que ha corrido la coneja durante la mayor parte de su vida para sentir que es hora de tirarse a descansar? Aquí y allá aparecen algunos gustos y disgustos estéticos no siempre citados cuando se habla de Cortázar: el amor por Bob Dylan y Joni Mitchell, el disfrute de la marihuana, una evaluación ambigua de la película Help, donde los Beatles aparecen como “cuatro robots, muñecos de cera que no tienen relación alguna entre ellos ni con los demás”. También la celebración de la poesía de Miguel Brascó y el desprecio por la literatura de Ernesto Sabato y de David Viñas. Otra de las guías posibles de lectura pasaría por indagar sobre su relación con la Argentina. Llama poderosamente la atención la casi nula presencia de la política en estas cartas, enviadas mayoritariamente desde París. Sin embargo, ese silencio se rompe esporádicamente y marca como un mapa los picos de la fiebre nacional, según Cortázar. Aparecen referencias, siempre escuetas, a los bombardeos de Plaza Mayo de 1955, al reemplazo de Lonardi por Aramburu, a Onganía, al Cordobazo, a la caída de Cámpora y no mucho más. Los comentarios bordean la amargura y el desprecio. Así, en 1962, luego del golpe que derroca a Frondizi, escribe: “Yo, en cuanto miembro de una capa oligárquica-liberal-pequeñoburguesa-intelectualona de la R.A. me siento asqueado por el retorno de esta masa sudorosa. El mismo yo, en cuanto observador objetivo, creo que esto es una vuelta a la normalidad y a la verdad de la susodicha R.A., o sea que la tal R.A. es peronista, o militarista, o pancista, o escapista, y que nosotros flotamos, pobres surplus de corcho, en el generoso y fecundo mar de mierda que constituye nuestra patria. Amén.” Esta reacción, entre desalentada e irónica, y aun desde el desacuerdo, recuerda mucho al Cortázar que rescatan aquellos que siguen enamorándose del escritor de Todos los fuegos, el fuego o de Las armas secretas. Basta ver algunos títulos de sus libros, que apelan desde lo lúdico a una complicidad con el lector: Final del juego, Rayuela, 62/Modelo para armar. Algo así como una versión refinada y no prefabricada de aquello que luego se industrializaría bajo el mandato de “arma tu propia aventura”, que no otra cosa es el tablero de Rayuela. Uno tiende a creer que esta correspondencia muestra al Cortázar real, al que no se encuentra del todo cómodo en la guayabera del militante, aquel para quien el filósofo marxista Theodor Adorno no le ofrece más que un buen nombre para ponerle a su gato, el que sabe que la literatura no se lleva del todo bien con los devenires de la política, como cuando le explica a Jonquières de qué se trata Fantomas contra las multinacionales -“no es literatura sino el deseo de llevar una cierta información a niveles de público que carecen de ella por razones bien conocidas”-, o cuando se aburre leyendo a Sartre. La intimidad practica una sinceridad diferente a la que se ejerce públicamente. Entre tantas idas y vueltas, exilios, nostalgias, penurias y placeres, la sinceridad trabajada de Cortázar mantiene algo de ese espíritu entrañablemente juguetón que hace mejores a sus relatos más inolvidables.
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