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Un viejo amigo periodista decía que conviene, de vez en cuando, hacer ejercicios de fantapolítica. Había bautizado así a ciertos ensayos de imaginación y raciocinio en los cuales uno se divertía, o sufría, describiendo situaciones políticas que no habían ocurrido pero que podrían ocurrir. Algo así como la colección infantil “Elige tu propia aventura”, avant la lettre. Mauricio Macri es un personaje más que interesante para ser tomado como protagonista de alguna de esas historias, con el contenido de sus peripecias actuales. Quien haya seguido su recorrido político -breve en años, pero frondoso en anecdotario- puede, con un poco de dedicación, componer una matriz ideológica que cuadre al personaje. Los últimos acontecimientos vinculados a su procesamiento por las escuchas ilegales -en particular, su reacción ante la osadía en la que incurrirían los magistrados que no atienden sus razones- contribuyen a construir su, por así llamarla, matriz ideológica. Uno de los elementos de ésta es su desprecio por las instituciones que dice defender. Por ejemplo, en su particular concepción de los tiempos de la democracia, siempre ha estado claro que, para él, la gestión es un valor supremo. La urgencia, una herramienta. El hacer, superior al pensar. De tal forma, lo que importa es proponerse podar 56.000 árboles, sin atender demasiado a si todas las especies deben ser podadas en otoño, en invierno o en primavera. Con el mismo criterio -y así lo ha propuesto para su propio caso- cree en una justicia veloz, una especie de tribunales ¡llame ya!, jueces express que desagoten rápidamente las mesas de sus despachos con fallos confeccionados a toda velocidad. En su caso, ha propuesto comenzar ya. Ha dicho que quiere saltear la Cámara de Casación y pasar directamente al juicio oral. En ese estadio del proceso, imagina, podrá terminar cuanto antes con esta investigación que le fastidia y que, para colmo, dice no merecer. Claro que olvida que las cárceles están repletas de seres humanos que también querrían ser juzgados oralmente mañana por la mañana, sin justicia de instrucción y sin cámara Federal y sin Cámara de Casación. Pero lo cierto es que no es posible, porque la Justicia tiene sus etapas y ellas deben ser respetadas. Es cierto que esas personas no se llaman Macri… Es muy probable que el jefe de Gobierno no repare en estas cosas cuando dice lo que dice. Esos pensamientos conforman su esencia. Revelan que se siente un ser diferente, con derechos adquiridos que superan a la media de los mortales. De todos modos, aun en el más que improbable caso de que se pudiera saltear pasos, el número de turno que Mauricio Macri tiene en sus manos tiene varios miles por delante. Tendría bastante por esperar hasta que se ventilaran muchos otros juicios orales. Más allá de la gravedad del caso de las escuchas, lo más serio en Macri no es lo que hace sino lo que piensa. Genera, cuanto menos, escozor imaginarlo como un gobernante con gran poder en sus manos. Es cierto que la Justicia argentina tiene sus debilidades y sus fallas. Pero también es verdad que, dentro de ese Poder, hay eminentes jurisconsultos, innumerables magistrados probos y cientos de jueces que se pelan las cejas doce horas diarias por un salario que no conformaría a ningún funcionario importante del ejecutivo de la Ciudad. Pensar en la Justicia que satisfaría a Macri mete miedo. Por todo esto, cuando en la cabeza del jefe de gobierno asoma la idea del autojuzgamiento en una Legislatura que le responde por mayoría, también se reconoce su patrón ideológico autoconcesivo y carente de reglas. Sus permanentes apelaciones públicas, en los últimos días, en las que clama ser considerado y comprendido porque su único deseo es que “la gente viva cada vez más feliz” lo presentan como una víctima de aquellos que no saben lo que hacen o, lo que es peor, que lo hacen para destruir al salvador. Varios columnistas han señalado -y nos sumamos a ellos- que la victimización suele tener, en los primeros tractos de esta clase de procesos, resultados positivos en la opinión pública. Un caso paradigmático es el del primer ministro italiano Silvio Berlusconi quien, desde hace varios años es acosado judicialmente por variedad de delitos. En ese recorrido, Berlusconi ganó elecciones, sorteó varias indagatorias, modificó leyes y, ahora, está a punto de prohibir la difusión de escuchas telefónicas (¡otra vez las escuchas!) que lo perjudicarían procesalmente. Hasta hace no mucho, las mediciones anunciaban que il Cavaliere era imbatible. Hace un tiempo, su suerte comenzó a declinar. No se puede ser víctima todo el tiempo ni acomodar siempre el reloj a la hora que uno quiere que salga el tren. Hoy, Berlusconi no ganaría las elecciones. De todos modos, es evidente que, al lado del italiano, Macri es un joven e inocente boy-scout. Pero, de la experiencia ajena, se aprende. El favor de su gente, del que sigue gozando el jefe de gobierno, no será eterno, a menos que baje del Olimpo al mundo de los mortales y empiece a creer que a él también lo comprenden las generales de la ley.
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