Actualizado: 03:35 - Jueves 23.02.2012
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Textos necesarios
Por Horacio González La encuesta muestra un mapa de lecturas posibles sobre la actualidad argentina y un arco heterogéneo de lenguajes, muchos de ellos en conflicto.
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El improbable ejercicio de la encuesta no sólo es capaz de desafiar a los escépticos sobre sus resultados, sino que luego resiste todos los ataques imaginables de quienes, con atendibles razones, las consideran parciales o antojadizas. Podemos extender este razonamiento a todo tipo de compulsas y concursos, lo que no es obstáculo para seguir haciéndolos e inclusive argumentar sobre ellos, como haremos en esta oportunidad. Como se trata de una encuesta sobre los libros de actualidad, en ese vastísimo género son más las vacilaciones que origina la necesidad de acotar los plazos históricos abarcados que la también incierta distribución por géneros y estilos. Por suerte, la idea de actualidad es tan hegeliana como periodística, y nos ayuda a gozar de un primer momento de sorprendente imprecisión para luego advertirnos que algo que no sabíamos bien o que no nos animábamos a considerar, yacía en el interior provocativo del escrutinio.
La encuesta propone un heterogéneo plan de lecturas emanado de personas de fuerte singularidad, inscriptas en variadas tradiciones intelectuales, lo que permite resaltar tanto las fronteras estilísticas difíciles de transponer, como algunas coincidencias que entonces se hacen más llamativas. En primer lugar, las menciones de los libros de Horacio Verbitsky, de distintas etapas de su tarea, en los que efectivamente la idea de actualidad aparece adensada por un hondo dramatismo que no aminora, más bien se abastece, de la propensión del autor para fijar los hechos de manera probatoria, como una briosa fiscalía de la historia. Su Historia de la Iglesia en la Argentina es una obra medular, entre la historia clásica de las ideas y el sesgo de inquietud y determinación intelectual que siempre ha caracterizado a este autor. Le siguen en votos, dando cuenta de la absurdamente deliciosa dispersión de una encuesta de esta índole -y ése es su valor, no su supuesta coherencia, pues leer es oficio diseminado y casi sin ley-, Fogwill, Eduardo Basualdo,  Guillermo O’ Donnell, Marcos Novaro, Silvia Bleichmar, León Rozitchner, Nicolás Casullo, Beatriz Sarlo y Vicente Palermo. No se hace sino demostrar la convivencia en la heterogeneidad a que cualquier estadística nos obliga, aun las que son hechas con los fundamentos rigurosos de esa antiquísima ciencia.
Fogwill fue un antiguo y turbado estudioso de la vida nacional y repartió sus pulsiones novelísticas -que surgían de una vibrante antisociología, un revés que de todas maneras tuvo siempre en cuenta la trama- en una serie de textos cuyo tema casi único consistía en explorar los confines de una idiomática social destrozada por la tragedia esencial de los lenguajes: hechos para comprender el mundo, no consiguen otra cosa que enrarecer o mediatizar la experiencia sensible, que sin embargo, sin ellos, no sería nada. Cierto, es difícil entender hoy los tratos paroxísticos o los simulacros adaptativos en la sociedad argentina, sin las nerviosas reflexiones sobre la violencia simbólica imperante que recorren toda la obra fogwilliana. León Rozitchner, antiguo profesor de Fogwill en remotos cursos de marxismo, figura en especial con su Perón, entre la sangre y el tiempo, un atrevido ensayo sobre la fenomenología del mando y la humillación, superior, quizás, a todo lo que se ha escrito sobre este tema con la intención o creencia que sea. Es cierto que la filigrana interna de Rozitchner lo llevaba a un rechazo existencial de la experiencia que interpretaba, pero su método de considerar todo texto como cuerpo o “materia viva”, brindaba una experiencia de comprensión profunda de los adversarios con los que trataba, cuya penetración iba más allá de las módicas trincheras que cada identidad elige para su presentación diaria.
Beatriz Sarlo figura en varias menciones con su Kirchner entre la audacia y el cálculo, un estudio sobre las condiciones en que se producen los signos culturales profundos que formarían parte de un “incon-sciente lingüístico nacional” que pasa tanto por los usos habituales de los medios de comunicación, como por la producción conversacional y la creación de formas morales tácitas a través de cómo se revelan las enunciaciones políticas más mundanas. Esta autora es el centro de un vértigo polémico ostensible, al que su obra no tiene más remedio que favorecer, aunque muchas veces no es interpretada adecuadamente si se la considerase sólo volcada al torbellino de la actualidad, al margen de su larga tarea crítica en la que prácticamente no dejó de revisar ningún rincón del espacio literario argentino. Por su parte, Eduardo Basualdo hace largos años que viene trabajando -con gran influencia en los medios políticos y periodísticos- en torno a las estructuras económicas con el estilo del moderno intérprete de las relaciones de clase. Éstas no ocurren en un vacío de lenguaje económico ni ajenas a las intrincadas dinámicas de los reagrupamientos incesantes de los espacios empresariales, a los que este autor trata desde un vasto programa analítico consistente en identificar bloques históricos desde una historia económica diacrónica y sincrónica.
Pongo atención personal a las menciones que señalan a Nicolás Casullo y su desafiante ensayística, cuyo concepto central, quizás, sea el de ruinas del tiempo, que incidió en círculos de lectores más amplios que los que calculaban los intérpretes ociosos que suelen detenerse en los tratos complejos con el texto en nombre de una “intelección directa”. El tema por excelencia de Casullo era esencialmente éste, seguir el antiguo rastro de la comprensión diáfana de las cosas a partir de que se convierten en ruinas de la memoria. De ahí su vigencia, su pertinente dificultad.
La encuesta nos trae, en cuanto al mapa de lecturas de la actualidad argentina, precisamente el tema del conflicto de estilos, cuya suma imposible -necesaria pero irrealizable, diría Laclau- hace a la dramaturgia misma de los escritos nacionales. Existen como una posibilidad para ser pensados, sólo a condición de percibirse su imposible unidad. No de otra forma se entiende la perdurabilidad en la memoria lectora del libro de Pablo Giussani, Montoneros, la soberbia armada, o de Villa, de Luis Gusmán, una novela que asume el desafío de narrar la historia de un represor a partir de una conciencia moral que naturaliza el horror: es un pequeño tratado sobre la inocencia del mal. No menos sorprendente -aunque tratándose del batiburrillo natural de una encuesta, lo sorprendente debe ser dejado de lado-, son las coexistencias de menciones que abarcan un arco tan polarizado de lenguajes, desde los que pueden emplear Marcos Novaro y Vicente Palermo, indispensables en la topografía del pensamiento de la politología de alto nivel con respecto al tema de la “república perdida”, hasta el de Cristian Alarcón, particularmente logrado en la crónica en cuyo centro se hallan las vidas golpeadas y su áspero cuadro de tácticas de sobrevivencia, en las que se entrevén los añicos perseverantes de una esperanza vista por su envés.
Podría considerarse un eje novelístico contemporáneo el que se establece desde Respiración artificial de Ricardo Piglia (1982) hasta Tartabul, de Viñas, casi un cuarto de siglo después. Es la conversación en las sombras, conversación libre e indirecta, entrelazada a la memoria nacional desgarrada, que en Piglia ronda sobre una teoría literaria que no se sabe si es sobre lo que se habla o lo que permite que todos hablen, hasta la descompensación total de los criterios aceptados de comprensión de una novela, que fue el último gesto extremo de Viñas en su callada, aunque pareciera locuaz, desesperación. Saliendo del tema de lo angustioso y desesperante, que muchos entrevistados eligieron para trazar su itinerario lectural, vemos Resistencia e integración, de Daniel James, una investigación sobre la resistencia peronista con el sereno aire del marxismo inglés que al postular una “estructura de sentimientos”, acerca este libro al lector clásico argentino; Son memorias, de Halperín Donghi, donde puede descubrirse un temprano gramscismo del irónico historiador que estrena su obra con un Echeverría hasta perseguir la “larga agonía” argentina; los ensayos de Ricardo Forster sobre el kirchnerismo, que podríamos considerar su hermenéutica diurna, ya que son otros sus autores preferidos de la hermenéutica nocturna; La Bonaerense, de Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer, una de las conmocionantes investigaciones periodísticas de los últimos años, así como los estudios de Maristella Svampa, que practica un género que surge de la Universidad y se expresa en términos de la “investigación militante”, que intenta resolver el sempiterno problema de la vida intelectual y sus compromisos, desde que en 1847 Echeverría le señalara a De Ángelis que el trato con los archivos históricos y sociales debía tener a su frente a severos estudiosos con competencias cívicas y no a polígrafos ambulantes.
José Pablo Feinmann, Natalio Botana, Ernesto Laclau, Sergio Raimondi -señalado por María Pía López en su Poesía civil-, Las armas y las razones de Noé Jitrik; Guillermo David y su Astrada, son otros tantos mojones que apuntan- si solo fuéramos sensatos- la imposibilidad de pensar una extensa época de escrituras profundas y variadas en tonos a las luchas sociales argentinas y sus fantasmagorías recurrentes. Pero no somos sensatos si hacemos encuestas. Sé lo que digo: por haber hecho junto a Eduardo Jozami la de “200 años-200 libros”, todavía somos parados por la calle para indicarnos que falta alguien, sea Filloy, sea Wilcok, sea Perón. Un susurro tibio del destino siempre improvisa una voz que aconseja, como oráculo para encuestadores, “no se te ocurra esta indagación, no vayas a hacer este recuento”. Y sin embargo ésta ha sido hecha. Es también posible comentarla de muchas maneras y ésta, tan imperfecta, es sólo una de ellas. Precisamente, rápida y parcial. Sin embargo, aquí están estos nombres señalados que a su vez se obligan a señalar a los no señalados. Entre esos plenos y estas ausencias, se teje y sigue desgranando la tarea del escritor argentino y sus tradiciones de crítica y agitación. No es que no lo sabíamos, pero cuando aparece una encuesta como ésta, nuevamente echa a andar la rueda de la inquietud, de lo que hay y de lo que se nos escapa. Algo llega de lejos, como Recuerdo de la muerte de Bonasso, y se escucha también el toque de platillos cercanos, La presidenta, de Sandra Russo. Como en toda encuesta, mucho ha sido dicho y otro tanto se ha dejado de decir.

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